Jaime Sabines; sin vida no hay poesía

Soy de esas personas a las que les gusta contar historias; propias, leídas, imaginadas y en ocasiones ajenas, claro éstas últimas con el debido permiso de sus propietarios. En este número quiero contar una de mis favoritas, por obvias razones tendremos que omitir la parte del consentimiento de sus dueños, pero estoy segura de que no tendrían incomodo en que ésta memoria se cuente, incluso, por cada rincón del mundo.

            La historia comienza en 1902 cuando tres niños embarcaron de Líbano, su tierra natal, hacia Cuba con el propósito de reunirse con sus padres, quienes tiempo antes habían emigrado a La Habana. Por razones de las cuales no tenemos memoria, los niños bajaron del barco cuando este hizo una escala en la isla de Martinica y no pudieron volver a subir. Al darse cuenta de que habían perdido el barco, comenzaron desesperadamente a pedir limosna, acto que provocó el enojo de un niño francés y por el cual se inició una riña que llegó a los golpes. La policía acudió a detener la disputa, pretendiendo llevarse a los tres niños libaneses por estar pidiendo limosna. La madre del niño francés, al enterarse que los pequeños habían perdido el barco que los reuniría con sus padres, decidió encargarse de ellos hasta que llegará dinero de Cuba para pagar su traslado. Tiempo más tarde, cuando Julio Sabines y sus dos hermanos, a bordo del nuevo barco, se despedían de la amable francesa escucharon un estallido. Mientras la embarcación se alejaba, observaron la manera en que la isla se consumía en consecuencia de la erupción del volcán. Fue así como Julio Sabines, padre del famoso escritor mexicano, Jaime Sabines, llegó primero a Cuba y años más tarde a México.

            La poesía de Jaime Sabines, como la historia de la llegada de su padre a Cuba, me parecen igual de fantásticas, es por eso que considero imprescindible contarla cada que el poeta chiapaneco aparece en una conversación. A este motivo debemos sumar la afortunada cualidad de que su obra se caracteriza por la inquebrantable relación que mantiene con su vida personal.

            Considerada como atemporal, la obra de Sabines abraza una particular libertad de escritura, el uso constante del lenguaje coloquial y una extraordinaria capacidad emotiva que le han valido una presencia constante en la literatura mexicana, tanto en la academia como entre los lectores.

            Sabines decía ser “hombre” antes que ser “poeta”, creía que sin vida no había poesía, así que detrás del mostrador de la tienda de telas en donde trabajaba,  escribió sobre temas de la vida cotidiana: amor, muerte y religión, entre otros.

            Mediante la sencillez de su lenguaje y la complejidad de vivir una vida que muchas veces no lo satisfizo, logró llegar a los lectores enamorados, recordándoles que “los amorosos callan, […] los amorosos buscan, […] su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan”; a los crédulos y también a los incrédulos, les platicó como es Dios: “Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos”; a los enfermos, a los afligidos y a los ancianos les recetó un antídoto infalible: “La luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía. […] Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver” y también nos compartió su dolor ante la pérdida de su padre: “¡A la chingada las lágrimas!, dije, y me puse a llorar como se ponen a parir […] ¡A la chingada la muerte!, dije, sombra de mi sueño, perversión de los ángeles, y me entregué a morir como una piedra al río, como un disparo al vuelo de los pájaros”.

            Jaime Sabines estudió medicina durante algunos años y también literatura, fue vendedor en la tienda de telas de su hermano, político y poeta, pero antes hombre, como el mismo decía. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en  1926 y murió de cáncer (igual que “el Mayor Sabines”) en la Ciudad de México en 1999. Me parece que fue un hombre emocionalmente profundo, con la capacidad más que suficiente de retratar de la manera más franca, y más sencilla, la condición humana; logrando que el lector haga suyas cada una de sus palabras, que las sienta y las viva como una experiencia propia. Sin duda, un poeta imprescindible que vale la pena leer.

 

La Luna

La luna se puede tomar a cucharadas

o como una cápsula cada dos horas.

Es buena como hipnótico y sedante

y también alivia

a los que se han intoxicado de filosofía.

Un pedazo de luna en el bolsillo

es mejor amuleto que la pata de conejo:

sirve para encontrar a quien se ama,

para ser rico sin que lo sepa nadie

y para alejar a los médicos y las clínicas.

Se puede dar de postre a los niños

cuando no se han dormido,

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos

ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna

debajo de tu almohada

y mirarás lo que quieras ver.

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna

para cuando te ahogues,

y dale la llave de la luna

a los presos y a los desencantados.

Para los condenados a muerte

y para los condenados a vida

no hay mejor estimulante que la luna

en dosis precisas y controladas.

Puedes escuchar algunos de los poemas del autor en su propia voz en #DescargaCultura UNAM, en los siguientes links: https://goo.gl/PB2Hx5 y https://goo.gl/3YJ1CT.

 

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